Este es un artículo de opinión escrito por Xavier Ginesta y publicado en la revista mensual “Catalunya” de El Economista. Lee la versión original aquí.

En un contexto en el que el capitalismo está siendo duramente atacado como principal responsable de todos los males que acechan a la humanidad, términos como responsabilidad social corporativa, economía del bien común, corporaciones B, triple impacto o Capitalismo Consciente empiezan a ser de uso cotidiano. Aunque por diferentes vías, todos estos movimientos persiguen un objetivo común y probablemente sea el capitalismo consciente el que mejor ha sabido sintetizar, en sólo dos palabras que para muchos serían dignas de constituir un oxímoron, la intuición subyacente a dicho objetivo: el problema no es el Sistema en sí, sino el nivel de consciencia que lo dirige. En otras palabras, actuando sinérgicamente con las fuerzas que constituyen la verdadera naturaleza humana, el sistema ha sido capaz de llevar a la humanidad a un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en un tiempo récord. Por el contrario, cuando los peores instintos del ser humano se han puesto al volante, el paraíso se ha vuelto distopía.

Resulta paradójico que un mismo sistema esté avanzando paralelamente en direcciones tan diametralmente opuestas. Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, es necesario examinar, aunque sea brevemente, de dónde venimos. Partamos de la base que los mercados han existido desde tiempos inmemoriales con el fin de facilitar el intercambio de bienes entre seres humanos. Durante miles de años los procesos de intercambio en el mercado fueron altamente ineficientes y no fue hasta aproximadamente el s.VII a.C. que alguien tuvo la brillante idea de crear una herramienta que facilitara dichos procesos. Así nació lo que hoy llamamos dinero. Una mera herramienta al servicio del intercambio de bienes en el mercado. Todavía tuvieron que pasar unos dos mil años más para que el hombre fuera capaz de sentar los pilares de la economía liberal: el derecho de propiedad y el estado de derecho.

A partir de ahí, el despegue del progreso fue meteórico. Los incentivos a la innovación que la nueva coyuntura puso encima de la mesa desataron el espíritu emprendedor innato del ser humano, canalizándolo a través de un sistema donde dinero y mercado creaban un círculo virtuoso cuyo resultado era la generación a velocidad exponencial de bien común. Hasta aquí la cara amable de la historia del capitalismo.

En palabras del historiador Fernand Braudel, el problema del sistema capitalista es que se presta muy fácilmente a pervertir la función para la que el mercado fue originalmente concebido. Para Braudel, el capitalismo transforma la función del mercado como sistema de intercambio de bienes a través del dinero, en un medio cuya finalidad se reduce a convertir dinero en más dinero. En el momento en que el dinero se convierte en un fin por si mismo y se asocia maquiavélicamente dicho fin a la consecución de la felicidad, la perversión del Sistema está servida. La moral y el bien común quedan atrás y el ser humano empieza a confundir la búsqueda de la felicidad con la búsqueda de riqueza. Una confusión que alcanza su máxima expresión en el materialismo y que es la responsable última de las plagas con que los medios de comunicación azotan nuestras mentes a diario: guerras, cambio climático, hambre, crisis financieras, contaminación, extinción de especies…

Inyectar consciencia en el sistema capitalista equivale a reencontrarnos con nuestra verdadera naturaleza humana y abandonar la catastrófica visión del dinero como la última parada en nuestro camino a la felicidad. Numerosos estudios demuestran que los valores materialistas, lejos de conducirnos a la felicidad, constituyen una autopista hacia todo lo contrario. Una vez obtenemos la cantidad de dinero necesario para satisfacer nuestras necesidades vitales, multiplicar dicha cantidad por 10, por mil o por diez mil no nos ayuda a ser más felices.

De hecho, los estudios demuestran que cualquier esfuerzo destinado a incrementar nuestros ingresos por encima de nuestras necesidades vitales va en detrimento del tiempo que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades intrínsecas, aquellas de las cuales emana nuestra auténtica felicidad. Lo que Daniel Pink describe como los 3 pilares de la motivación humana: autonomía/libertad, excelencia y propósito. La ciencia, la tecnología y el progreso no son más que el resultado de la interacción de estos tres impulsos naturales. La economía de libre mercado es el contexto que ha hecho posible dicha interacción a escala global.

La próxima gran revolución será consciente o no será

Las catástrofes que se asocian al capitalismo no son por tanto una consecuencia inherente al sistema, sino el resultado de haber olvidado quiénes somos y lo que realmente nos hace felices. Sin ser conscientes de ello, vivimos prisioneros de un marco mental de creencias que no se basan en nuestra experiencia empírica y que pervierten por completo el espíritu evolutivo del ser humano. La búsqueda del propósito, la necesidad de conexión y el anhelo de libertad han quedado desplazados por la farsa psicológica que sitúa el dinero en el epicentro de nuestra existencia y que nos sumerge en un ficticio camino a la felicidad basado en la espiral destructiva del consumismo. Cuando esta disfunción se propaga a la esfera empresarial, es cuando perdemos de vista el verdadero propósito evolutivo de la naturaleza humana y nuestros peores instintos hackeanel sistema para que trabaje a su favor.

El s.XXI pondrá al ser humano ante el reto más grande de su historia: el de decidir colectiva y conscientemente qué mundo queremos para nuestros hijos. La decisión no puede aplazarse y no es una cuestión de inteligencia sino de consciencia. Mientras la gente vive aterrada ante la posibilidad de que la inteligencia artificial algún día iguale o incluso supere la humana, nuestra inteligencia biológica está destruyendo el planeta. Si no somos capaces de inyectar consciencia a nuestros actos y vivir en conexión con nuestra verdadera naturaleza, la inteligencia artificial será sin duda el menor de los problemas del s.XXI. La próxima gran revolución será consciente o no será.